jueves, 10 de noviembre de 2011

EL SER HUMANO PRODUCTO DE LA EVOLUCIÓN

Para descubrir quienes somos y conocer nuestra singularidad e idiosincrasia, detectives científicos, paleontólogos, genetistas, entre otros, han realizado una búsqueda incesante encontrando los fósiles de nuestros antepasados en el continente africano.

África es el mejor archivo documental y ha sido el lugar dónde se ha puesto nombre a los tres primeros posibles antepasados que forman nuestro árbol genealógico.

Uno de ellos es el AUSTRALOPITHECUS AFARENSIS. Apareció hace 4 millones de años. Poseía un cerebro muy pequeño. Se irguió y anduvo a dos patas, fenómeno clave del desarrollo humano, rasgo físico que nos diferencia de los simios.

En 1974, en Etiopía, llegaron a la conclusión tras estudiar su pelvis que era muy similar a la nuestra, lo que significa que caminaron sobre las dos extremidades inferiores, presuponiendo el bipedismo (primer rasgo definitorio humano), según los científicos. Sobrevivió por su instinto y no por su intelecto y obtuvo mejor alimento gracias a la liberación de sus ágiles manos. Su talla osciló entre 1,20 - 1.50 metros y gracias a las huellas encontradas se pudo inferir que caminaban en grupos o parejas, es decir que eran nómadas. Su cerebro no evolucionó y su comportamiento era más parecido a un simio. Pero tenía algunas similitudes: buen oído y dio más importancia a la vista que al olfato, desarrollo de elementos muy humanos. Sin embargo, no tuvo la habilidad para el lenguaje ni la creatividad.

El segundo candidato fue eL HOMO ERECTUS. Apareció hace 1,8 millones de años. Contribuyó a la humanidad con la elaboración de herramientas y la capacidad para dominar el fuego, rasgos humanos esenciales.

En 1984, en Tanzania se investiga un esqueleto muy bien conservado que revela datos importantes del Homo Erectus. Posee un enorme cráneo, el doble que el del Afarensis casi alcanzando el tamaño del cerebro humano. Caminó a dos patas y su estilo de vida fue distinto. Sobrevivió 2 millones de años antes de extinguirse. Fabricó herramientas para cortar carne y cambiar de alimentación lo que impulsó su evolución, desarrollando así su inteligencia, pues movió músculos y empleó una gran cantidad de fuerza moviendo las muñecas, es decir, necesitó la habilidad mental.

Fue muy hábil para la resolución de problemas, sagaz para enfrentarse y luchar por su supervivencia. Dominó el fuego y lo usó para calentarse, cocinar las moradas y asustar a sus enemigos. Su talla osciló entre 1.60- 1.80 metros, fue fuerte y sensible con manos similares a las manos humanas. No evolucionó hacia nosotros pues utilizaron un lenguaje muy rudimentario, aunque todos sus logros pervivieron.

Y, finalmente, el HOMO SAPIENS. Su origen está en África hace doscientos mil años. Su enorme cerebro fue mayor que la suma del Homo Erectus y Afarensis, aunque no era igual que el nuestro. La esencia más humana es la imaginación creativa y el lenguaje y el Homo Sapiens adquirió la capacidad de hablar, crear y dominar el mundo que le rodeaba. ¿Pero, qué ocurrió para evolucionar tanto?
Un volcán entró en erupción en Indonesia, el clima cambió y algunas zonas se volvieron inhabitables. Posteriormente el mundo sufrió una glaciación, lo que provocó una reducción de población significativa. Los supervivientes superaron el periodo hostil, pues pensaron y planearon con antelación para convertirse en hombres modernos y así se distinguieron del reino animal. Superar esa dificultad nos hizo ser lo que hoy día somos.

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